Mtra. Yara Flores Aguinaga
Mtro. Pablo César García Morando
Mtro. José de Jesús Guerrero
Mtro. Francisco Rojas Cárdenas
“Un día nos
volvimos por fin un país ideal: instalamos la razón en lugar del delirio y el
derecho en lugar del abuso, entendimos el papel unificador, digniticador, del
estado; protegimos la república, que es la madre, para poder amar la
democracia, que es la hija; domamos las pasiones políticas y definimos y
vivimos los valores comunes”.
Ikram Antaki
Ikram Antaki
La
ciudadanía demanda, la ciudadanía es la clave para transformar al país, el
poder debe estar en manos de la ciudadanía, la ciudadanía exige explicaciones a
la autoridad. En frases así aparece el concepto de ciudadanía a lo largo y
ancho de las líneas noticiosas del nuestro país, así como en cualquier tipo de
medio. Esta palabra es utilizada, de manera indistinta, para referirse a la
población o a la gente, y es una de las más socorridas del político o del
manifestante para asegurar que “todos” están de acuerdo con lo que ellos dicen.
Pero, ¿entonces se utiliza este término de manera adecuada?, ¿cuándo nos
referimos a ciudadanía, nos referimos a todos? Este trabajo plantea distintos
modos de ver la ciudadanía y cuestiona si los conceptos son congruentes con la
realidad social.
Algunos conceptos
de ciudadanía
Desde
su acepción legal, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (2013) ,
en su Artículo 34 menciona que ciudadanos de la República son quienes siendo
mexicanos reúnen dos requisitos: “Haber cumplido dieciocho años, y tener un
modo honesto de vivir”. Y ser ciudadano, según esta carta magna, implica ser un
sujeto de derecho con obligaciones y con la libertad de asociarse, votar y ser
votado en elecciones o consultas, obtener un empleo, ser parte del ejército o
ejercer un negocio.
Para ampliar esta idea, Kimiluka
y Norman (1997) consideran que una expresión aún más plena de ciudadanía es
aquella que “requiere un estado de bienestar liberal y democrático” (pág. 28) . Según su concepto,
cualquier integrante de la sociedad puede ser ciudadano, siempre y cuando sea
capaz de participar y disfrutar de la vida común mientras se le garanticen sus
derechos civiles, políticos y sociales. Y
en esto están de acuerdo con Paul Berry Clarne, quien observa que ser
ciudadano: “significa tener conciencia de que se actúa en y para un mundo
compartido con otros y de que nuestras respectivas identidades individuales se
relacionan y se crean mutuamente” (Richter Morales, 2013, pág. 16).
Tipologías y
niveles
A
partir de estos conceptos, se puede notar cómo para ser ciudadano hay que
contar con ciertos valores como la honestidad y ser parte de una sociedad libre
y democrática. Esto, desde luego, excluye a quienes el Estado considera que no
viven de manera honesta, en algunos casos a quienes no tiene una edad
suficiente para ser conscientes o, como Kimiluka y Norman puntualizan, hay “ciudadanos
pasivos o privados, por sus derechos pasivos y la ausencia de toda obligación a
participar en la vida pública” (1997, pág.
28) .
Este afán por clasificar o por categorizar la ciudadanía también la aborda
Schutz, quien citado por Raiter (2003, pág. 149) tipifica en:
ciudadano común, ciudadano bien formado y ciudadano experto.
El ciudadano común: recibe
acríticamente el mundo que ha recibido, no avanza más allá de sus experiencias
cotidianas inmediatas, no critica ni cuestiona aquello con lo que interactúa;
está limitado a los conocimientos del sentido común que ha heredado. El ciudadano
bien formado: en el camino de estar bien informado, en realidad no es
especialista en un ámbito en particular pero no acepta acríticamente el mundo a
su alcance, sino que se interroga permanentemente, cuestiona las experiencias
propias, razona sobre sus causas. El ciudadano experto: se especializa en su
saber, conoce mucho acerca del objeto de estudio que orienta su actividad,
objeto encerrado en un ámbito, conoce un método e intenta aplicarlo en general.
Estas ideas hacen pensar entonces
que no se trata tanto de quién es ciudadano y quién no, sino qué tipo de
ciudadano se decide ser. Avishai Margalit construye su filosofía moral a partir
de la premisa siguiente: “una sociedad decente, o una sociedad civilizada, es
aquella cuyas instituciones no humillan a las personas sujetas a su autoridad,
y cuyos ciudadanos no se humillan unos a otros. Lo que la filosofía política
necesita urgentemente es una vía que nos permita vivir juntos sin humillaciones
y con dignidad” (1997, pág. 1) . Aquí el autor
apuesta por un equilibrio entre libertad e igualdad, y reconoce que la esta
sociedad es difícil de poner en la práctica. Sin embargo, apuesta por priorizar
a una sociedad decente sobre una sociedad justa.
Hacia la otra
ciudadanía
Como
se puede notar, el concepto de ciudadanía llega al espacio público que permite
convivir bajo el derecho y la igualdad; así como el ejercicio de ese derecho
pero con responsabilidad. Aquí valdría la pena plantear la pertinencia de colocar
unos y otros bajo una misma e igualitaria jurisprudencia, de una manera
congruente donde los niños realmente tengan los mismos derechos que los
adultos, donde voten, se expresen, decidan y puedan vivir su vida con decencia.
Quizás así se pueda pensar en los niños y niñas como sujetos sociales que sean
capaces de transformar lo que les rodea. Como
mencionan Barrientos y Corvalán:
Los niños como sujeto social e
histórico, han sido muy poco considerados en estas discusiones; la voluntad
modernizante y racionalizante no ha llegado a preocuparse por la infancia en un
sentido social, cultural o histórico, sino sólo en una restringida orientación
funcional. En muchas de las aproximaciones analíticas y programáticas en torno
a la educación se proyecta el tipo de individuo que se espera crear (educar),
pero no se investiga ni se somete a discusión el tipo de sujeto con el que el
sistema interactúa” (1995) .
Siendo así, la situación de
vulnerabilidad la viven niños y niñas ante el Estado que toma decisiones por
ellos y por la misma sociedad que los mantiene en un silencio que responde al
supuesto de que ellos no son conscientes, ni capaces de tomar decisiones, ni de
comprender el concepto de honestidad, mientras se asume que todo esto se obtendrá,
en todos los casos, con el tiempo.
Antaki, I. (2004). El manual del ciudadano contemporáneo. México:
Ariel.
Barrientos Barría, C., & Corvalán Pino, N. (1995). Cosas
de niños. Investigación de la experiencia histórica infantil en los procesos
de modernización. Notas de discusión. Obtenido de
http://www.cidpa.org/txt/4artic10.pdf
Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión. (2013). Constitución
política de los Estados Unidos Mexicanos. Obtenido de LXII Legislatura de
la Cámara de Diputados: http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/1.pdf
Kimiluka, W., & Norman, W. (1997). El retorno del
ciudadano. Una revisión de la producción reciente en teoría de la ciudadanía.
Obtenido de La construcción de cultura política en Colombia: proyectos
hegemónicos y resistencias culturales:
http://books.google.com.mx/books?id=5xQuAhjW1gwC&pg=PA228&dq=El+retorno+del+ciudadano.+Una+revisi%C3%B3n+de+la+producci%C3%B3n+reciente+en+teor%C3%ADa+de+la+ciudadan%C3%ADa&hl=es-419&sa=X&ei=iAX0UtSfJIm6yAGBhYCABQ&ved=0CDgQ6AEwAg#v=onepage&q=El%20retorno%
Margalit, A. (1997). La sociedad decente. Barcelona:
Paidós.
Raiter, A. (2003). Lenguaje y sentido común: las bases
para la formación del discurso dominante. Buenos Aires: Biblos.
Richter Morales, U. (2013). Manual del poder ciudadano.
Lo que México necesita. México: Océano.

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